Llegué al sector en 2010, en el peor momento posible, vendiendo pisos que nadie quería en un mercado que no existía. Fue la mejor escuela que podía tener.
Aprendí que una operación no se cierra por insistencia sino por preparación: saber qué vale una casa de verdad, quién puede pagarla, qué le sobra y qué le falta, y en qué momento sale al mercado. Dieciséis años después sigo haciendo lo mismo, con más información y con menos prisa.
Trabajo de forma independiente desde 2018. No tengo cuotas que cumplir ni una marca que me obligue a aceptar encargos. Eso cambia la conversación desde el primer minuto: puedo recomendar esperar, puedo recomendar no comprar y puedo decir que el precio que alguien tiene en la cabeza no existe en el mercado.
Me interesa la arquitectura, especialmente la del Madrid de los años treinta que define El Viso. Sé distinguir una rehabilitación honesta de un maquillaje, y eso ha ahorrado bastante dinero a más de un comprador.